El caso Mortara
Escrito el 06-01-2009 por Nemo
Cuando Edgardo Mortara tenía seis años, la policía fue una noche a casa de sus padres, se llevó al pequeño y jamás lo devolvió. ¿Qué es lo que incapacitaba a estos padres, según la ley vigente en aquel tiempo y lugar, para seguir criando a su hijo? Pues sencillamente, que eran judíos. El lugar en cuestión era la ciudad de Bolonia, en Italia, y el año, no tan remoto como podría pensarse, 1858. En cuanto a la ley y la policía, eran las del jefe supremo de los católicos, el papa, dado que Bolonia formaba parte entonces de los Estados de la Iglesia. Y en el origen de aquel secuestro legal, que causó un monumental escándalo en medio mundo, estaba una muchacha pobre e ignorante, de sólo 14 años de edad.
La muchacha se llamaba Anna Morisi, era católica y estaba al servicio de la familia Mortara. Aunque siglos atrás se había prohibido en los Estados Pontificios que los judíos tuviesen sirvientes cristianos, en la práctica dicha norma era a menudo ignorada, dado que los criados de esta religión tenían, para los judíos, la ventaja de poder trabajar en sábado, cosa que a éstos últimos les vedaban sus creencias y costumbres. Anna tenía, entre otros cometidos, el de cuidar al pequeño Edgardo, uno de los ocho hijos de los Mortara. Un día el niño se puso enfermo, y por la cabeza de la joven criada empezaron a pasar las atroces imágenes con las que su iglesia le había descrito el destino de los condenados al infierno: visiones de cuerpos que ardían –sintiendo todo el dolor de las llamas pero sin llegar a consumirse jamás– por toda la eternidad, torturados además de mil maneras por espantosos demonios. Aquel horror era, pensó la muchacha, lo que aguardaba al niño judío si moría como consecuencia de su enfermedad. Resuelta a impedirlo, en un momento en que se quedó a solas con el pequeño le echó agua en la cabeza y pronunció las palabras “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Después pudo respirar aliviada: lo había logrado, había salvado a Edgardo.
Cuando la historia llegó a oídos de un cura –pues Anna no pudo callarse semejante hazaña–, una maquinaria implacable se puso en marcha. Y es que, para la Iglesia Católica, aquel bautismo clandestino era perfectamente válido. Como escribe Richard Dawkins (en The God Delusion / El espejismo de Dios): “Sorprendentemente (…), la Iglesia Católica permitía, y sigue permitiendo, a cualquiera bautizar a cualquier otro. No hace falta que el que bautice sea sacerdote. No hace falta el consentimiento del niño, ni el de los padres, ni el de nadie más. No hace falta firmar nada. No hacen falta testigos oficiales. Lo único que hace falta son unas gotas de agua, unas pocas palabras, un niño indefenso y una cuidadora supersticiosa y con el cerebro lavado por la catequesis.” En todo caso, la Inquisición romana y el Estado Pontificio se tomaron absolutamente en serio aquel bautismo que a nosotros nos puede parecer estrafalario, y dieron órdenes de inmediato a su policía de sacar a aquel niño cristiano de aquella casa de judíos, tal como mandaban las leyes que habían hecho los propios papas.
Los padres de Edgardo no se resignaron a perder para siempre de ese modo absurdo a uno de sus hijos, y se movilizaron para recuperarlo. Pronto el caso Mortara se hizo célebre no sólo en Italia, sino en Europa y hasta en los Estados Unidos de América: el New York Times se refirió a él en sus editoriales en veinte ocasiones, para apoyar la causa de la familia boloñesa. Con el mismo objetivo se organizaron actos de protesta en varios países, y hubo importantes figuras de la política y de la cultura que se implicaron en la lucha por devolver a Edgardo a sus padres. Sin embargo, el papa Pío IX, monarca absoluto de los Estados de la Iglesia, despreció todos estos esfuerzos: “No me interesa lo que piense el mundo”, declaró a una delegación de judíos ilustres con quienes se entrevistó en 1859. La prensa católica de ambos lados del Atlántico no debía de ser de este mismo parecer, pues se movilizó para defender ante la opinión pública, sin reserva alguna, la intransigencia del Sumo Pontífice en este caso: según un periódico católico estadounidense (citado por Dawkins), lo que realmente estaba en juego en este asunto era “la libertad de un niño para ser cristiano y no ser obligado por la fuerza a ser judío… la protección de este niño por el Santo Padre, en medio del fanatismo feroz de los infieles e intolerantes, es el espectáculo moral más grandioso que ha visto el mundo en mucho tiempo”.
Este uso tan espectacularmente retorcido del lenguaje, que se anticipó en bastantes décadas a la jerga totalitaria que George Orwell imaginara en su novela 1984 (“La libertad es esclavitud”…), puede verse asimismo como un precedente de cierto discurso que en nuestros días emana de medios católicos y cristianos, y que también recurre a invocar la libertad religiosa para justificar que se atropelle la libertad de aquéllos cuya visión del mundo no coincide con sus dogmas. O que llama “proteger el matrimonio y la familia” a lo que en realidad es desproteger social y legalmente a los matrimonios y familias que forman los ciudadanos homosexuales, y sembrar la incomprensión y la desunión en muchas otras familias que cuentan con gais o lesbianas entre sus miembros.
Que para la cúpula de la Iglesia Católica la protección de la familia no era precisamente lo primordial lo dejó bastante claro, en tiempos de Edgardo Mortara, el cardenal Giacomo Antonelli, secretario de Estado de Pío IX; monseñor Antonelli, al recibir una carta de un miembro judío del Parlamento británico en la que éste le expresaba su protesta por el secuestro del niño de Bolonia, le replicó lo siguiente: “A este respecto puede ser oportuno recordar que, si la voz de la naturaleza es poderosa, aún más poderosos son los deberes sagrados de la religión”. Entre dichos “deberes sagrados” asociados al dogma religioso se hallaba sin duda, y en lugar muy destacado, el de asegurar la preeminencia social de ese mismo dogma, y con ella el poder de la Iglesia. Y si para ello había que intervenir de modo severo e inflexible en la vida de un niño y en las de sus padres, hermanos, etc., no sería precisamente la Iglesia la que flaquease ante el mandato de la divinidad: proteger al niño de su propia familia judía… separándolo de ésta para siempre.
No puede extrañar demasiado, después de todo, que Pío IX, a pesar de su patente judeofobia, fuera beatificado en el año 2000 por la Iglesia Católica. Es decir: por una organización que todavía hoy sigue dando a palabras como proteger o libertad un sentido que –aunque quizá se parezca más bien poco al que les atribuimos los demás– tiene bastante en común con el que les daban los apologistas de aquel papa que ordenó el secuestro legal de un niño de seis años.
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