Nunca había creído que podían existir los amores imposibles hasta que lo conocí. Sólo con verlo llegar supe que cambiaría mi visión del mundo y que aquel Paseo de Sant Joan, tan cercano desde mi infancia, ya no volvería a parecerme lo mismo.
Habíamos jugueteado varias veces por Internet y tras horas de charla, decidimos conocernos personalmente al descubrir que vivíamos relativamente cerca. Lo vi bajar por esa calle tan familiar con una pequeña bolsa colgando repleta de cosas y lo primero en que me fije fue en su andar entre saltarín y cabizbajo. En el momento en que empezó a hablarme de su mundo tan especial ya vi que nada mas para mi podría volver a ser lo mismo. Me habló de su vida, de su pasado atormentado y de un reciente viaje que le había cambiado su percepción de las cosas y, sin quererlo, me sentí muy cerca de él, tan cerca que ya no podía separarme. Y de inmediato tuve la certeza que esto acabaría mal, que yo no podría asumir ese tipo de relación y que le haría daño, que nos haríamos daño sin quererlo de tanto amor que estaba surgiendo. Supe, por fin, después de cuarenta años que existían los amores imposibles.
Tenía casi dieciséis años menos que yo. Aunque ya no era un niño aun conservaba esa mirada inocente que yo ya había perdido muchos años atrás. Esos ojos pardos color de otoño aun sonreían a pesar de las trastadas que le habían ido haciendo a lo largo de la vida y me miraban como intentando entrar en mi pensamiento, luchando por averiguar que es lo que yo estaría pensando. Me explicó que esa pequeña cicatriz en la nariz era por una travesura infantil y ya le adiviné que tendría algo de trasto, de esos pequeños tesoros que, a pesar de rotos, nunca puedes tirar a la basura por que son los más queridos. El pelo me recordaba al de un peluche al que te dan ganas de acariciar. Vi también una cejas muy cuidadas y descubrí que bajo esa apariencia de supuesta dejadez había unas ganas inmensas de gustarle al mundo y de esconder unos complejos injustificados.
Enseguida empezó a hablarme atropelladamente. Quería contarme tantas cosas en tan poco tiempo que no recuerdo bien la mayoría de ellas. No es que desconectara, es que me estaba llegando tanta dosis de buenos sentimientos que decidí abrir mi corazón dejando que entrase ese soplo de aire fresco. Me sentí rejuvenecer. No recuerdo haberme sentido tan bien en toda mi vida mientras me contaba sus pequeñas andanzas y sus tristezas más íntimas. Sólo sé que en aquel momento me empecé a sentir un poco responsable de él, que lo quería cuidar y que nada malo le pasara nunca más. Que equivocado que estaba... Con mis ganas de hacerle bien solo conseguí hacerle daño y jamás me lo podré perdonar.
Aquella noche estuvimos paseando por el barrio y a mi se me antojaba que aquellas calles que tan bien conocía desde chiquitín se habían vuelto diferentes, tenían otro color, visiblemente algún ángel las había teñido de un tono azul y había convertido los sucios adoquines en una alfombra de algodones de feria. Por supuesto me monté en una nube de la que no sabría bajarme llegado el momento.
Cenamos una pizza en mi casa y fue la primera vez que sentí que su mirada se volvía desconfiada. Yo no suelo llevarme a mi piso a la gente que acabo de conocer y muchísimos menos a la que conozco por internet pero, claro, esto él no lo sabía. Tampoco fui consciente en aquel momento del riesgo que supone darle la bienvenida a desconocidos en tu sofá por que yo ya sentía que lo conocía desde hacia mucho tiempo y sabía que nada malo me haría nunca sino todo lo contrario. Sentía dentro de mi que era lo más bueno que me había pasado nunca y que allí no había más peligro que él yo mismo podía convocar. También sentí que se hacía un poco más pequeño al ver como vivía. Yo llevaba quince años viviendo solo y acumulando todas esas cosas inútiles que solo hacen que complicarte la economía y la existencia. Supe entonces que demasiado nos separaba y empecé a arrepentirme de haber sido siempre tan burgués y frívolo.
Quizás por esto comencé a hablar de mi mismo, a contarle como había llegado hasta allí, sin ahorrarle ningún detalle para que no se sintiera en inferioridad con respecto a mi. Puede que incluso exagerase un poco las cosas malas para que viera que soy bastante desastre en general. Poco a poco la luz volvió a esos ojazos y yo sentí que le estaba contando cosas que nunca le había contado a nadie. Aquella noche nos pasaron las horas sin darnos cuenta hablando sin parar. Habíamos conectado aunque no sabíamos porqué de una manera irrefrenable e inconsciente. Realmente no recuerdo que me hubiera pasado nunca esto.
Acordamos seguir mañana y ver unas películas con muchas palomitas. Era ya muy tarde y el día siguiente era laborable. Cuando se despidió de mí, me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Parecerá estúpido, pero noté como si mil estrellitas de colores explotasen en mi nuca. Aquello debía ser la felicidad o como mínimo lo más cercana a ello.
La siguiente noche vino equipado con refrescos y unas viandas que había sisado de la despensa de su madre. Además sabía comer bien, estaba claro por que ese jamón ibérico estaba delicioso. No tengo palabras para describir ese pate que se deshacía en la boca con solo acercarle la lengua a la tostada. Evidentemente no acabamos de ver la película. Sólo sé que se acurrucó junto a mi en el sofá y yo no podía hacer nada más que acariciarle el pelo. Hicimos el amor dulcemente como yo no sabía que se podía hacer y no me importó nada que llevase días sin afeitar y me rascase la cara. No eramos dos cuerpos, eramos dos energías que fluían y se juntaban para ser una sola. De madrugada se fue, aun vive con sus padres, pero yo ya sentía que se había hecho un rinconcito no tan solo en mi cama y mi casa, sino muy dentro de mi.
Me quede mirando por la ventana esperando verle subir calle arriba con su andar desastrado y ya deseando que fuera la próxima vez que le viera. Aunque estaba muy feliz tuve miedo del final que podía tener aquello.
Llegados a este punto quizás es preciso hablar un poco de mi. Ya he dicho que tengo cuarenta años. Lo que no he dicho es que hasta este momento si dejamos aparte algunos jugueteos sexuales de adolescente yo había vivido una vida absolutamente heterosexual. Una novia que me abandonó y me marcó para los restos, una familia muy moderna pero con ideas del siglo de las abuelas, un montón de amigos casados y con hijos, un trabajo estable y aburridísimo en un ambiente marcadamente machista... Pienso que ni en un catálogo de estándares podría salir mejor reflejado. Eso sí, muchas ganas desde siempre de huir de la mediocridad que nos rodea y si, también, algún que otro deseo escondido. No es que no me gusten las mujeres (de hecho cada vez las miro más, sera un acto reflejo) y me gusten los hombres, yo lo que admiro es la belleza y esa belleza tanto se puede dar en cualquier sexo o objeto, es casi siempre una mirada, una sonrisa, un estilo de existir, una actitud frente al mundo... Son mil cosas las que hacen que me interese por algo. Lo principal es que me comuniquen ganas de vivir. Quiero decir con esto que jamás me había planteado el tener una relación fuera de la amistad con un hombre y que siempre había estado buscando esa compañera de camino tan especial que tenía que llenar mi vida y convertirme en un ser normal, si es que la normalidad existe. Sería la cuadratura que cerraría mi vida, lo que me faltaba y que cada vez estaba echando más en falta. Por supuesto, si señores, estoy en plena crisis de los cuarenta.
Pues nada, ahí estaba yo perdidamente enamorado de un chaval de veinticuatro años y sin saber muy bien que hacer. Por un lado me sentía fatal por lo que estaba haciendo y me replanteaba mi vida a niveles casi cósmicos. De ninguna manera podía confesarle a nadie lo que me estaba pasando. No sólo estaba saliendo del armario sino que me sentía un pederasta aprovechándome de la inocencia y la carne fresca. Llegue a soñar que venían sus padres y la policía a buscarme acusándome de un asesinato. Por el otro lado sentía que me estaban queriendo como nunca me habían querido y que yo sentía lo mismo. Ya no más domingos solo, ya no más tomar decisiones pensando solo en mi mismo. Al fin podía compartirlo todo y tenía alguien de quien preocuparme y que se preocupaba de mi.
Decidí actuar como siempre he actuado, esto es, sin decidir nada y que las cosas se solucionen por si mismas. Por supuesto fui muy egoísta por que nada dije a la persona implicada hasta que ya fue demasiado tarde.
Lo primero que hice es buscar a quien le podía contar lo que me estaba pasando. Pensé que una tercera opinión siempre va bien. Todos tenemos en nuestro entorno a aquella amiga estupenda que tiene muchos amigos gays y que se siente tan a gusto entre ellos. Son una raza especial de mujeres. Lo he descubierto con el tiempo. Suelen ser mujeres un tanto andróginas e independientes que, a falta de amigas de verdad, se rodean de homosexuales y se convierten en la matriarca de esas curiosas camadas. Salen de fiesta, comparten confidencias y siempre, inexorablemente, tienen una aureola clamorosa entre el heavy metal y la música más petarda que se os pueda ocurrir.
Era el recurso fácil. Si alguien no se podía asustar de mi salida del armario era como no mi amiga Amelia. Por supuesto no solo no se asusto sino que me dijo que ya era hora que se lo confesara, que ya le habían llegado noticias de algunos jugueteos míos anteriores y que se alegraba mucho por mi de que por fin viviera la vida como debía vivirla. Quería conocer a mi supuesto novio.
Así que yo tenía novio, pensé. Que bonito, que suerte había tenido. Al fin sería feliz. Tanta seguridad me entusiasmo en ese momento pero, claro, luego está el pánico escénico. A pesar de la soledad que me aterra y de cumplir los cuarenta, nunca he tenido claro que yo quisiera una pareja de esas que tienes que llamar cada media hora para beneficio de las compañías telefónicas y que representa que es una especie de satélite de tu persona que cuando te desconectas por un rato provoca esos sentimientos de pertenecía y celos.
Para nada estaba en esta situación que quede claro, pero yo me empecé a montar la película. Habíamos adquirido la insana costumbre de mandarnos mensajitos con el móvil constantemente. Como odio a movistar y sus facturas, por cierto. Se me ocurrió mirar en el archivo de mi teléfono cuantos "sms" tenía. No pude ni contarlos de tantos que había guardados y su contenido que me había parecido tan agradable cuando me llegaban, ahora se me descubría como abominable y, por supuesto muy maricón. También me empecé a plantear en aquellos instantes si yo asumiría una relación igual con una mujer de veinticuatro años y con esas circunstancias.
Estaba cayendo en el otro lado. Estaba pasando del enamoramiento sano y adorable al estadio de buscar pegas para salir corriendo. Así que decidí distanciarme un par de días para luego vernos y zanjar esa relación tan equivocada. Todo esto dentro de mi mente, claro. Compartirlo con la otra persona hubiera sido demasiado justo.
Mi pobrecito novio de veinticuatro años no entendía nada. Sólo veía que aquel que le estaba dos días antes entregando su alma y su cuerpo, ahora desaparecía y estaba distante. Con esa edad sólo se pueden vivir las cosas de una manera y es intensamente, así que reaccionó como era de esperar: obsesivamente. No sólo aumentaron los mensajes al móvil, sino que además empezaron las llamadas desesperadas. Sin saberlo me estaba dando los argumentos que necesitaba para salir corriendo.
Pero no era tan fácil. La siguiente cita era una cena en un restaurante. Nuestra primera salida al exterior. Yo lo tenía en principio bastante claro. Iba a terminarlo aquella noche mismo. Esto tenía que terminar, no quedaba más opción. Yo quería ser un respetable padre de familia y un ejemplo social de la más pura heterosexualidad. Siempre lo podía recordar como un capricho de madurez y ya se me pasaria el disgusto. Mi plan era perfecto. Primero hablaríamos un rato paseando, me confesaría y después lo llevaría a un restaurante discretito y alejado para darle la estocada final. Estaba empezando a ser ruin y cobarde. Y puestos a serlo tenía que buscar el escenario más idóneo: frente al mar.
Un detalle al margen. Ese día había entrado el otoño climático. Después de seis meses de un calor sofocante, esa mañana había cambiado el tiempo y soplaba un viento helado del norte que bajó los termómetros en casi diez grados. Parecía cosa del destino, la climatología se aliaba conmigo para dar un entorno adecuado.
Pues sentados en un banco frente a las playas de Barcelona y con un viento del demonio me dispuse a llevar a cabo mi felonía. Le iba a explicar que todo había sido un error, que no sabía lo que quería y que no podía seguir adelante. Después en el restaurante, ya más calmados y con unas copas de vino, le pediría que no nos volviéramos a ver.
Fue inútil. Con solo ver esa carilla de penita frente a mi no pude seguir adelante. Mi corazón bateaba como un percusionista experto por la rabia de lo que intentaba hacer y solo pude abrazarle y pedirle perdón. Y me volví a sentir feliz al sentirle feliz. No solo no terminaba la relación sino que la afianzaba un poquito más.
Recuerdo aquella cena con mucho cariño. Nunca he soportado los restaurantes orientales. Cuando cruzo sus puertas me viene un olor como a hervido que detesto. No es racismo que quede claro. Es un rechazo olfativo y de paladar. No me sientan bien esas combinaciones picantes y luego sufro un par de días de diarreas como si hubiera viajado a Egipto y hubiera bebido agua del mismísimo Nilo. Créanme cuando les digo que encontré esas verduras deliciosas y que esos garbanzos desechos que siempre me han dado nauseas, aquel día fueron un plato exquisito.
Lo miraba a él y sentía que todo tenía un sentido, que todo estaba en el sitio que tenía que estar. Y no hablo de la horrible decoración del lugar, sino de que estábamos juntos por que alguien de otra dimensión muy superior así lo había decidido. No podíamos luchar contra ello. Era una ley natural
Por supuesto que tenía mis dudas aún, pero creía que nada podía cambiar lo que estábamos sintiendo y que pararlo era como intentar detener un torrente imparable en plena inundación. Si resultaba que yo era homosexual no era nada malo. Lo importante es lo que estábamos sintiendo y si eso suponía pasar por enfrentarme al resto del planeta, pues qué remedio me iba a tocar. Lo solucionaría más adelante, como siempre. Carpe diem, amigos, vive el momento de felicidad y olvídate del resto.
Así lo sentía y lo único que era necesario era imponer un poco de orden en tanta vorágine. La vorágine solo existía en mi cabeza. Estaba fabricada a medida según pasaban las cosas. Intentaría verme a mi mismo con mi propia sexualidad pero también intentaría reconducir las cosas según la manera en que siempre había vivido: independencia, naturalidad y sentido común. Que absurdo me parece ahora el intentar dar a esto unos cánones que siempre había sido incapaz de llevar a cabo.
El plan pasaba de nuevo por la socialización tanto en mi cabeza como en el exterior. Seguí buscando nuevos aliados, personas que yo sabía que me querían y que lo podían entender. Dos amigas muy cercanas fueron las nuevas destinatarias. De nuevo se alegraron por mi y de nuevo me volvieron a decir que ya era hora que tomase esa decisión. ¿Sería cierto ese tópico de que todo el mundo lo sabe menos tu mismo?
Como acto reflejo intente observar mi entorno y sus posibles consecuencias. Fue un desastre. Descubrí como eran de homofóbicos mis compañeros de trabajo al ver sus constantes y diarias bromas sobre el tema homosexual. Seamos sinceros, yo mismo las había hecho miles de veces, pero adivine que si algún día yo hacía pública la situación sería insostenible. Que mal me suenan desde entonces los términos moñón o marica. Alguien debería de una vez por todas hacerle ver a la gente que el hecho de que te sientas atraído por alguien de tu mismo sexo no implica necesariamente que seas un vicioso o una loca, que puedes ser una persona absolutamente normal con tus defectos, virtudes y sentimientos. Nadie juzga al matrimonio casposo católico (y digo católico por que en este país la mayoría de bodas impresentables son por ese rito cavernícola) que no se soporta, que se hace la vida imposible y que se engañan con una facilidad pasmosa con el primero o primera que encuentran. Sé de que hablo, tengo muchos casos cercanos y he estado en la línea de tiro de alguna hacendosa madre de familia que sacrifica su felicidad en pos de que sus hijos tengan una familia normal (de nuevo esa horrible palabra) pero eso sí, la carne es débil, y se acuestan con quien hagan falta para vengarse de sus maridos que suelen ser unos puteros de mucho cuidado. Por favor, que alguien acabe ya con esta vía de transmisión del sida y no se acuse más injustamente a otros colectivos que, por públicos, no son menos insanos. Ya pueden suponer que estaba enfadado, muy enfadado pero no sabía contra quien. Seguramente contra mi mismo por pensar de que podía ser fácil.
Paralelamente entré en la fase de la comparación. Me aterraba el hecho de la diferencia de edad. Me obsesioné estudiando por la calle a cualquier persona joven que se me cruzase y pensaba cuantos años tendría. También le preguntaba a todos los compañeros de trabajo jóvenes que edad tenían. Estaba obsesionado con las pautas de comportamiento. Cualquier detalle o conversación me hacían ver que estábamos alejados a años luz y que eso era un hecho inamovible. No entendía a esa generación ni jamás lo conseguiría. Las costumbres, los maneras, el lenguaje... todo es distinto y es lógico que lo sea.
Mi desespero máximo llegó un día que vi a mi sobrino (que por cierto tiene esa edad y jamás me he entendido con él) sentado en su ordenador y chateando con sus amigos.Fue consciente de todo lo que me estaba pasando y podía parecer a los ojos de los demás. Lo sentí en mis propias carnes al pensar que alguien le podía hacer lo mismo a mi sobrino que es lo más cercano a un hijo que siempre podré tener. Me odiaba y odiaba la mundo. Me sentía sucio y vil, depravado, que sé yo... pero era incapaz de terminar esta historia de amor por que como tal la sentí y la siento.
Seguí pensando que todo se arreglaría por si solo y esa personilla tan especial seguía a mi lado contra viento y marea. Me seguía todas partes y me consolaba en los momentos malos que cada vez eran más. Nunca he llorado demasiado, incluso he sido fuerte en los momentos más duros de mi vida. Ante la muerte, ante la enfermedad y las desgracias siempre he sido una piedra. No me han saltado las lágrimas por que no he dejado que salieran. He buscado como superar los problemas ni que sea ignorándolos y he seguido adelante intentando apoyar a los más débiles en esas situaciones.
Ahora lloraba sin cesar. Cualquier cosa en los momentos de intimidad me hacía llorar y sentía horribles crisis de angustia que mi pobre angelito soportaba estoicamente, al menos aparentemente. Me sentía muy desgraciado y sin saberlo, estaba haciendo que él sintiera lo mismo.
Intenté un acto desesperado. Un fin de semana romántico tal y como yo siempre había deseado y en un lugar especial para mi. Estaba jugando sin saberlo a darle toques genuinamente heterosexuales a la relación. La cosa más absurda que he hecho jamás.
Nos fuimos un fin de semana largo a Carcassonne que para mi, amante de la historia medieval, siempre ha sido un sitio muy especial, un lugar donde siempre veía parejitas acarameladas mientras yo iba viendo castillos solo con mi compañía.
La ilusión que sentía él no la puedo describir. Estaba radiante. La felicidad le salía por los poros. Según su forma de verlo yo estaba dando un paso adelante y lo hacía por él. Se sentía el rey del mundo y era lo mejor que le podía pasar. Yo sólo estaba poniendo a prueba la relación, intentando no ver que todo el planeta es claramente heterosexual, sea en la Francia más histórica o en la Cataluña más rancia. Sólo tenía ojos para mi y para las piedras que le iba mostrando. Me hubiera hecho sentir muy feliz sino hubiera estado todo el rato pendiente de si la gente nos miraba o envidiando a esas repelentes parejitas con niños y 4x4 que pueblan cualquier lugar que se te pueda ocurrir. Cada vez me veía más horrible y lo veía a él más joven.
Terminamos cenando en un macdonalds por que en el puto país vecino es imposible comer nada en cualquier ciudad a partir de las siete de la tarde. Allí exploté.
Aparte del hecho que siempre he detestado esos sitios no solo por la peligrosidad dietética que proclaman sino por que los veo como los comederos del ganado de nuestras granjas. Me vi absolutamente fuera de sitio y, claro, por supuesto, él estaba en su salsa. Su generación ha crecido con ello.
Volvimos a la habitación del hotel donde horas antes habíamos sido tan felices y volqué sobre él toda la mierda que llevaba dentro. Le dije que se había terminado y que no podíamos seguir adelante. Allí le empecé a romper el corazón, sin pretenderlo pero lo hice. Se desmontó y fue él quien lloraba sin cesar. Yo quería consolarlo pero sabía que si lo hacía el dolor no terminaría nunca, que aun sería más profundo. Y finalmente cedí.
No estoy orgulloso de ello, por lo que me cuesta mucho hablar de este tema. Sentí que dominaba la situación y que podía hacer con él lo que quisiera, que me estaba dando el cheque en blanco de su vida y en mis manos estaba el cogerlo o no. Fui un egoísta por que el seguir adelante en esos momentos implicaba por mi parte el asumir una serie de cosas que me sabía incapaz de asumir, pero necesitaba tenerlo cerca, consolarlo, sentirme querido y hacerle sentirle querido. Fui un cobarde y un ser despreciable pero no pude evitarlo. Sabía que no podría asumir mi propia sexualidad, su edad y el tipo de relación en la que me estaba metiendo. Fui un miserable.
Desde aquel momento observé un cambio en él. Ya no era esa personilla sonriente que se me había acercado por el Paseo de Sant Joan. Se estaba haciendo mayor a marchas forzadas por que le estaba transfiriendo mi amargura. Era un cambio incluso palpable físicamente. No era sólo que había perdido esa mirada feliz. Le salió incluso una urticaria en la cara. Estaba ansioso constantemente y dejaba su rutina por ello. No iba a clase, no estudiaba, no se veía con sus amigos y empezó a faltar al trabajo incluso. Y era por culpa mía. Había agarrado a una persona maravillosa y le había zarandeado todo su existir. Estaba destrozándolo.
Yo seguía con mis dudas. pero elabore una defensa interna. Una especie de polaridad. Cuando estaba con él, me sentía muy feliz y asumía la situación. Era mi novio y le quería a pesar de todo. El resto del día procuraba olvidarme del tema y vivía de nuevo mi vida postiza, por así llamarla. Incluso ahora iba por la calle mirando a las mujeres constantemente, cosa que no había hecho en mi vida. Desarrollé un nuevo sentido masculino de detección de tías buenas. Yo, que siempre había sido el primer detractor del machito escenificado, estaba interpretando ese papel.
Era incapaz de ir con él por la calle, sentía que todo el mundo nos miraba, nos acusaba de mariposones y en especial a mi de viejo verde pervertido. Nos encerramos en un microcosmos casero. Nos veíamos en mi casa, la cual yo procuraba siempre tener cerrada a cal y canto para que no nos descubrieran. Antes de que él llegase, por ejemplo, llamaba a toda la familia y los amigos para asegurarme de que no llamarían por teléfono o aparecerían por casualidad.
Y me fuí acostumbrando. De hecho había roto mi soledad congénita por que era querido y quería. Fueron momentos muy dulces y agradables, solo enturbiados por mi dolor de conciencia al ver como mi ángel se iba hundiendo cada vez más en una depresión dependiente. Lo había manipulado hasta ese extremo.
De la persona que vivía su vida con total naturalidad que yo había conocido, ahora quedaba solo un niño asustado que esperaba en cualquier momento que yo lo dejara. Su mirada luminosa se volvió de miedo. Si creyera que existe un dios le pediría que me matara con un rayo castigador ahora mismo por haberle hecho tanto daño.
Seguimos así tres semanas más y llegó nuestro aniversario, así lo llamaba él. Sólo hacía un mes que nos habíamos conocido, me parece imposible que fuera así. Nuestras vidas habían cambiado tanto que ya no me reconocía ni a mismo. Creo que estas cosas solo pueden pasar una vez en la vida. Conocer a alguien y que solo en un mes cambie tu forma de ver el mundo a todos los niveles es un hecho mágico, casi como si las estrellas del firmamento se alinearan en un dibujo estudiado e imposible que se da solo cada mil milenios. A mi me ha pasado y ahora se que ocurre. Siempre me había reído de ello y pensaba que solo ocurría en películas rancias. Pero no. Si puede pasar y a mi me ha pasado. Es lo que se llama estar enamorado.
Pero incluso el amor tiene sus lados oscuros y nosotros estábamos en uno de ellos. De ahí la imposibilidad de algunos amores. No solo sé que existe el amor si no que además existen los amores imposibles, ya ven.
Y llegó el día del cumplemes como lo denominaba él. Me imagino que debió de estar preparándolo muchos días por que sé como es, la persona más buena y generosa que he conocido nunca. Aquella noche fui incapaz de verlo. Le pedí que no nos viéramos. No hubiera podido soportar ver como él se montaba un mundo de ilusión. Le mentí, le dije que me encontraba demasiado cansado y que nos viéramos al día siguiente. Aceptó resignado. Le rompí una ilusión como le había destrozado la vida. Sabía que era el principio del fin.
Me regaló un bonito collar que siempre guardaré como símbolo, incienso por que sabía que me gustaba, una vela preciosa y unas entradas para un concierto de mi grupo favorito al que por cierto fuimos anoche como acto de desagravio y para recuperar por lo menos el cariño de la amistad si es posible. Yo fui incapaz de regalarle más que unos cds grabados con música que creía que le podía gustar. Dos días después del cumplemes, me armé de valor y lo eché de mi vida con la esperanza que él recupere la suya. No fui delicado, jamás lo he sido. Pero debía de terminar la destrucción que estaba llevando a cabo impunemente aun con las mejores intenciones.
Sigue queriéndome y sigue enamorado de mi y yo tal vez también. La diferencia entre ambos es que yo veo las demasiadas cosas que nos separan y sé que sólo nos llevan al dolor por mi falta de valentía. Jamás seré capaz de enfrentarme al mundo y asumir nuestra relación. Siempre le decía que en un mundo perfecto seríamos inseparables. Por desgracia mi mundo no es perfecto.
Quiero que sea feliz más que nada en el mundo, que encuentre su camino y alguien que le quiera tanto como yo pero que sepa amarle como se merece. Conmigo no tendría más que dolor. Quiero verle contento y que recupere esa mirada de ángel simpático que conmigo ha perdido. Y si puedo ayudarle en ello lo haré por encima de todo. Pero sé que no será conmigo que encontrará la felicidad, que es imposible.
¿Y yo? ¿Que voy a hacer yo? Pues seguir viviendo en mi inmundicia y mi amargura. Ya es demasiado tarde para mi. Sé que ya jamas seré feliz por que ya lo he sido y ha resultado imposible. Si fuera valiente, me quitaría la vida para terminar de una vez. Si me aseguraran que existe una reencarnación, lo haría sin dudar para volver a empezar. Hace unas horas lo estaba pensando incluso. Pero jamás me atreveré. Sé que ya es tarde para mi, que mi vida pasó y que la he dejado que pasara sin haber sabido agarrarla al vuelo.
¿Qué me queda? Buenos recuerdos, reliquias las llama él, y seguir viviendo una existencia gris y mediocre lo que me quede por vivir. Siempre he huido de la mediocridad, esta misma huida me ha llevado a ella.









